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Outfit del recuerdo


Cuando tenía 16 (y alguien trucaba mi acta de nacimiento para que pudiera trabajar), usaba un mandil rojo durante mi trabajo en Sam's, como demostrador (el mismo que uso en esta foto, durante la carne asada con que festejé mis 25 en la casa paterna). Mi labor consistía en preparar pequeñas porciones de comida que ofrecía a los marchantes, invitándolos a comprar un producto determinado.

Durante mucho tiempo mi área era el pasillo de los quesos. Panela, americano, Oaxaca, mozzarella. Creo que la marca era Esmeralda, o algo por el estilo. Había que cortar y poner en palillos, trozos de pan o galletas; a veces fresco, a veces gratinado. Para mí era divertido. Aprendí a preparar un montón de cosas que jamás había tenido necesidad, y me esperaba muchísimo en que mi plato estuviera siempre bien presentado y lleno de comida.

Para entonces, ya me gustaba escribir. Recuerdo que me llevaba mi cuaderno (un cuaderno que yo hice, seleccionando y cortando las hojas, y mandándolo engargolar), y ahí escribía un montón de cosas que todavía deben andar por ahí, y que se me ocurrían en las mañanas o tardes durante el trabajo (yo estaba ahí mañanas y tardes, de lunes a domingo, podría decirse que sólo por placer). Agradezco a mi jefa, que me dio la oportunidad, cuando bien pudo prohibirme que me llevara algo que en ocasiones me entretenía de mis labores.

Pues bien, en ese trabajo yo tenía un amigo llamado Pablo, al que apreciaba mucho. Él era de una familia muy humilde, y trabajaba las mismas horas que yo (es decir, todas las posibles) para apoyar a su familia. Tenía dos hermanas, padre y madre, y junto a su casa (una casa de la factura más sencilla, a las orillas de Arteaga) había una especie de maquiladora abandonada, que él consideraba como ‘su guarida’. Un par de ocasiones fui a su casa, y recuerdo cómo nos pasábamos la tarde sobre el techo de ese viejo edificio abandonado, viendo pasar las nubes y platicando sobre el modo en que nos parecían las cosas, que debía ser un modo muy inocente e infantil.

En Sam’s nos comportábamos como lo que éramos: adultos en potencia, pero todavía adolescentes. Nos robábamos los chocolates (también demostrábamos Carlos V), y comíamos todo lo que nos permitía la habilidad de disimular o protegernos (pizza, queso, dulces). Sabíamos de chavos que se robaban ropa y otros artículos de la tienda, pero a nosotros sólo nos interesaban esos pequeños hurtos infantiles.

Sin embargo, por más infantiles, no dejaban de ser hurtos. Un día a mi amigo le encontraron unos chocolates Carlos V en el fondo de su mochila, y lo despidieron (eso pudo sucedernos, antes o después, a casi todos los de ahí). Fue un día, lunes si no me equivoco, en el que yo no fui a trabajar, no sé por qué razón. No pude verlo de nuevo, saber nada de él, ni despedirme. Luego fuimos a su casa, a saludarlo, pero no lo encontramos. Había entrado a trabajar en una fábrica, y era difícil predecir su horario.

Creo que Pablo es un poco más joven que yo. Me pregunto qué será de él. Qué será de su familia. Recuerdo cuando, luego de decirle “Provecho” a un par de personas que tomaban su lonche junto a nosotros, en el comedor de Sam’s, me dijo que no sabía lo que significaba eso de ‘provecho’, pero que su padre le enseñó que tenía que decirlo cuando alguien estaba comiendo. Así era Pablo. Inocente, obediente y responsable, pero todavía muy joven para entender las muchas cosas en que estaba implicado, en que las vida lo había puesto.

Él siempre me contaba cosas. Cosas que sabía, que aprendía de su padre, o que había descubierto por él mismo. Él era el encargado del área de gourmet de Sam’s: paseaba con un carrito por toda la tienda, recolectando los productos que la gente sacaba de su sitio y dejaba en otro lado. Soñaba, me decía, con un día en que él visitaría la tienda como cliente, y llenaría su carro con los productos que tan afanosamente recolectaba, sacudía y acomodaba día a día. Sorprendería a su familia con aquella compra, de cosas que él realmente no conocía, pero que debían de ser riquísimas, por lo que costaban y la importancia que tenían dentro de la dinámica de los demostradores.

Yo siempre lo recuerdo y hablo bien de él, como alguien de la propia familia, un primo con quien compartiste la infancia pero que vive lejos, tanto que ya no recuerdas bien su rostro.

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pero qué bonita familia...

Como parte de mi trabajo en el Instituto, hay un par de ocasiones en que me he visto involucrado en la redaccion de biografías de coahuilenses distinguidos. En todos los casos, tales coahuilenses distinguidos se enfocan en el ámbito profesional, y les da un poco de pena tratar los rollos personales. Los entiendo: la biografía no fue idea de ellos, y no tienen por qué andar ventilando sus intimidades nomás por ser líderes o muy buenos en su ramo.

Creo que es un poco cuestión de confianza, y algo más de pudor. Luego lo vi desde otra perspectiva.

La reflexión siguiente fue respecto de este blog, donde me he mal ocupado de poner varios textitos, olvidándome la mayor parte del tiempo de que existía este espacio, y quedando no muy conforme con los textos publicados. Total, ayer me acordaba del blog de mi mujer, que a mí me gustaba mucho leer, incluso antes de hacernos novios (y casarnos y embarazarnos), y me dieron ganas de caer aquí contando algo importante, o al menos algo lindo.

Venga el asunto: resulta que cuando me decidí a pedirme matrimonio a la Neres, decidí hacerlo el 14 de febrero del 2008. Cursimente. Ese día fui a desayunar con Erik (hijo de Neres) y con mi suegra, no recuerdo con qué pretexto. Fuimos a McDonalds, y de ahí yo me llevé a Erik, tampoco recuerdo con qué pretexto. Fuimos a mi oficina, y luego de ahí me lo llevé de compras. Íbamos a recoger el anillo de compromiso, que yo había encargado, y que para hacerla de emoción se retrasó unas horas, por problemas en el sistema de entregas de la joyería.

Era 14 de febrero, pues, y yo había quedado de comer con Neres y con Erik. Habíamos hablado de hacer algo juntos, para celebrar el mencionado día, y –esto sólo lo sabía yo– entregarle el anillo durante la comida.

Pero siempre hay ese lado triste del 14 de febrero: la mejor amiga de Neres –entonces trabajaban juntas– se peleó con su novio, y pues su día del amor –y las cosas que hubiera planeado o esperado– estaba visiblemente arruinado. Pero siempre hay ese lado feliz del 14 de febrero: a su amiga Neres se le ocurrió invitarla a comer con ella y con su novio, para que no estuviera sola.

Así que, horas antes de la tal comida, cuando hablamos por teléfono las cosas no fueron bien: yo le dije que me iba a retrasar (tenía que esperar el anillo) y ella me dijo que su amiga nos iba a acompañar en la romántica comida. Discutimos. Pero ninguna de las dos cosas tenía ya remedio.

Mientras esperábamos, yo le contaba a Erik que le pediría matrominio a su mamá. Él me miraba atentamente, pero no decía nada. De hecho, no era un niño de muchas palabras por aquellos tiempos, aunque habíamos armado una relación muy linda y estrecha para entonces. Él me preguntó, con su boquilla llena de helado de chocolate, si entonces yo iba a ser su papá. Y yo le dije que si él quería, sí. Fue lo más parecido que me sucedió a eso de casarse por "aniño de compromiso". Erik prometió guardarme el secreto, y yo le prometí que entre los dos le pediríamos matrimonio a su mamá.

La comida de familia+amiga se convirtió en comida completamente de amigos, pues la amiga de Neres invitó a otro par de amigos a nuestra comida. Nereida se molestó porque no le llevé ningún regalo (el que le llevaba, en la bolsa del saco, no se lo iba a dar en medio de tanta gente), y ella me compró un rompecabezas muy paique de un pececito. Hasta ahí, para ser nuestro primer 14 de febrero, las cosas no iban del todo bien.

Neres se fue a seguir trabajando con su amiga, la otra pareja se fue también, y Erik y yo nos fuimos por nuestro lado. Creo que le compré un juguete a Erik, y luego nos fuimos a casa de mis suegros a esperar a Neres.

La espera duró por varias horas. Mi suegra nos dejó en su casa, mientras ella atendía unos asuntos con sus vecinas. Mientras, aproveché para ponerme de nuevo de acuerdo con Erik: le entregaríamos el anillo a su mamá cuando regresara.

Pero Neres regresó y seguía de mal humor. Cansada, fue a cambiarse inmediatamente, y llegó echando pestes de todo lo que se había cruzado en su camino, molesta todavía porque yo no pudiera entender que quisiera ayudar a su amiga en desgracia, y, también, por que no le regalé nada en esa comida frente a sus amigos.

Hasta ese momento, viendo a mi novia tumbada en el sillón frente a la tele, en fachas, con mala cara y tratando de que a fuerza de quejarse se terminara el día, no tuve un motivo para cambiar de opinión, así que luego que mi suegra se fue a dormir, le pedí a Erik que le diera nuestro regalo a su mamá. No recuerdo exactamente qué nos dijo cuando le pedimos matrimonio (además de que aceptaba). Sólo recuerdo que dio de brincos cuando nos abrazábamos junto a la escalera (le cayó el veinte), y que pensó inmediatamente en la cara que pondrían sus amigas al enterarse.

Poco más de un año después, la veo de nuevo: tumbada en el sillón, viendo la tele, en fachas, con mala cara, quejándose de todos los síntomas e inclemencias del embarazo. Sigo sin cambiar de opinión. Sus manos sobre el vientre, sus enormes y hermosos ojos, nuestro Erik a su lado, hablándole a su hermanito Bruno, son la mejor imagen que tengo de lo que representa una familia. Todo lo que está alrededor –el resto de la biografía, con éxitos o fracasos– es sólo el trabajo que he tenido que hacer para lograr que ellos tres estén aquí, conmigo. Y vale mucho la pena.

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Desde la ignorancia...

Si algo podemos tener claro actualmente es que los límites del conocimiento son desconocidos. Sin embargo, algo puede vislumbrarse sobre los límites de ‘lo conocido’, aunque, como la propia visión, a cierta distancia los objetos comiencen a ser difíciles de abarcar o de enfocar. En un cierto momento, dentro de algunas ramas de la ciencia, tantas teorías parecen responder a una misma pregunta, que hay las mismas posibilidades de que aquel punto borroso que apenas distinguimos en el horizonte sea una vivienda, una vaca o el Coloso de Rodas.

La Enciclopedia de la ignorancia de Kathrin Passig y Aleks Scholz, que en la colección “imago mundi” dio a conocer editorial Destino en 2008, nos dibuja exactamente esos paisajes inexactos, más numerosos de lo que podría esperarse.

Entre lo imaginado y lo verdadero hay, seguramente, más diferencias que concordancias, y de las concordancias existentes muchas no han sido del todo demostradas. Las demostradas componen por el momento lo que conocemos como Conocimiento. Sin embargo, los avances de la ciencia (y no sólo tecnológicos, sino también los avances en la complejidad de los procesos de pensamiento) nos han llevado a descartar o replantear nociones que considerábamos universales, como la de Gravitación establecida por Newton, a la que siglos después la Relatividad de Einstein hizo todavía algunas precisiones.

El planteamiento de esta Enciclopedia… es justo ése: hacer un repaso de las creencias, las verdades probadas (conocimiento) y, principalmente, las verdades por probar respecto de 42 temas tales como el agua, los ciempiés, la cinta autoadhesiva, la estrella de Belén, el follaje otoñal, la lluvia roja, la materia oscura, el ronroneo, el sueño y las tendencias sexuales. Es decir, temas de ayer, mañana y siempre.

Entre los enigmas matemáticos, algunos parecen sacados del western o ciertas películas de acción: problemas a cuyas respuestas se les he puesto buen precio, o que brindarían, por ejemplo, la posibilidad de descifrar la protección de los sistemas bancarios mundiales.

Entre los naturales, quizá los más intrigantes sean los que se refieren al propio ser humano: de qué manera conseguimos tal o cual estatura; por qué nos quedamos miopes; existe o no la eyaculación femenina (que, obviamente, no por ser femenina es ajena al interés del resto de nosotros); o por qué bostezamos. Enigmas para los cuales, en la mayoría de los casos, hemos tenido largo tiempo una respuesta equivocada (es decir, no los considerábamos enigmas), o respuestas numerosas e inexactas.

Cabe la posibilidad de que el lector ya posea gran parte de los conocimientos que aquí se exponen. Para esta clase de lector, sin embargo, podría resultar interesante conocer el planteamiento que hacen los autores de esta obra, y no el ya mencionado planteamiento metodológico, sino el literario: hacen posible que los temas de este libro –algunos de ellos demasiado especializados o bizarros para insertarse sin más en una conversación– le resulten tan asequibles al lector como cualquier otro tema medianamente interesante o medianamente complejo.

Ése, el de hacer coloquiales los más impresionantes adelantos de la ciencia, es quizá el enigma primordial que encierra este magnífico libro, pues como escribiera el maestro Monterroso: “Excepto mucha literatura humorística, todo lo que hace el hombre es risible o humorístico”. Y este libro nos permite reír, con conocimiento de causa, de la magnitud de nuestro propio desconocimiento.

Kathrin Passig, Aleks Scholz (Traducción de Carles Andreu y Mercedes García Garmilla). Enciclopedia de la Ignorancia. Editorial Destino. Colección "imago mundi". México, 2008. 296 pp.
ISBN: 978-607-8-00018-0