[pequeña implicación]


hay quienes nunca ven su sangre sino a través de la piel,
que sólo la presienten en rincones turbios,
en las cuerdas que empujan su terca maquinaria

a quienes nunca sacude el aluvión menstrual
ni ese glacial hervor de la hemorragia.
plantados por la aguja, la astilla y la hoja de afeitar;
privados del sabor arenoso de su propia sustancia,
cuyo himen resiste frágil cancerbero

para quien es ajena la palabra cicatriz
y sangrar es peor de intransitivo que llover,
y cuya muerte es una hermética ofrenda de pureza

y hay –por supuesto– aquel que da su sangre cada día
–o en temporal repetición como la ruta de los astros–,
y quien la ve de un solo golpe derramada