cuando tu hermano te picó
por accidente con aquella jeringa
y tú sentiste ese dolor profundo que no podía expandirse
no pensaste qué vendría después,
y jamás te había importado el color de la hierba
al secarse, resecarse y encenderse,
o cuánto exacto polvo saldría de una piedra al machacarla.
no te habías preguntado si los latidos de tu corazón
podrían de alguna forma acelerarse más
en la inmovilidad que en la movilidad.

es decir: la infancia se llenó de otras pequeñas cosas
que ahora recuerdas imperfectamente,
como la mecedora que rompiste al saltar sobre tu abuelo,
o la primera vez que tu nariz sangró
con la abundancia que hoy resulta inocua,
o a tu prima desnudándose tras una toalla
para que ustedes, todos, los niños y las niñas,
le pusieran la lengua sobre el cuerpo
y la admiraran como a un gato o una ardilla agonizantes.

es decir,
la infancia no es el centro palpitante de tu corazón
sin vida, como tanto te gusta repetirte
(siempre tan triste, tan melodramático):
la infancia es un fenómeno ocurrido
en un tiempo y un lugar seguros.

y hoy no estás más en un lugar seguro,
aunque vivas de nuevo en esa casa,
ni del todo inseguro, es cierto,
pero la circunstancia
y el fenómeno mismos circulan con tu sangre
como un temblor ligero en las quijadas,
un frío repentino y seco entre los dedos,
y una ocasión fugaz, latente, de que
o de que
o de que tal vez

no corres más por ese monte que ya no es un monte,
no besas más el brazo de tu abuelo al abrazarlo fuerte
(no podrías distinguirlo mezclado en ese polvo),
y no eres más aquello que un día fuiste
(ni volverás a ser aquello que un día fuiste).

y cuando tu hermano te enterró aquella jeringa
y tu única inquietud fue no decírselo a tus padres;
y cuando encendiste un pastizal reseco
para ver elevarse el humo desde lejos,
y cuando en machacar las piedras más pequeñas
no había sino un impulso de mansa destrucción,
era porque tu pecho se agitaba mucho más
en la movilidad que en la inmovilidad,
y porque aún no era posible una memoria miserable,
y tu espíritu se elevaba y se expandía
con la sola incandescencia del verano, de la risa y de la libertad.


[Este poema obtuvo la Presea Manuel Acuña 2007, otorgada por el Instituto Municipal de Cultura de Saltillo]